-Bueno, a ver...Supongo que el primer día de clase. Teníamos cinco años y tú llevabas un vestido de cuadros rojos y el pelo..., el pelo recogido en dos trenzas, en vez de una. Mi padre te señaló cuando esperábamos para ponernos en fila.
-¿Tu padre? ¿Por qué?
-Me dijo: "¿Ves esa niñita? Quería casarme con su madre, pero ella huyó con un minero".
-¿Qué? ¡Te lo estás inventando!
-No, es completamente cierto. Y yo respondí: "¿Un minero? ¿Por qué quería un minero si te tenía a ti?". Y el respondió: "Porque cuando él canta...hasta los pájaros se detienen a escuchar".
-Eso es verdad, lo hacen. Es decir, lo hacían -digo.
Pensar en el panadero diciéndole eso a Peeta me desconcierta y, ante mi sorpresa, me emociona. Me parece que mi renuencia a cantar, la forma en que rechazo la música, no se debe en realidad a que lo considere una pérdida de tiempo. Podría ser porque me recuerda demasiado a mi padre.
-Así que, ese día, en la clase de música, la maestra preguntó quién se sabía la canción del valle. Tú levantaste la mano como una bala. Ella te puso de pie sobre un taburete y te hizo cantarla para nosotros. Te juro que todos los pájaros de fuera se callaron.
-Venga ya -repuse, riéndome.
-No, de verdad. Y, justo cuando terminó la canción, lo supe: estaba perdido, igual que tu madre.
Los juegos del hambre de Suzanne Collins

Un gran libro... me hizo cambiarmi forma de pensar, aunque no me convence el final de la trilogia.... pero nunca llueve a gusto de todos
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